El cesped crujía debajo de la suela de goma. Lloraba. Gemía. Gritaba. No recuerdo la última vez que me había detenido en esa sensación. Despreocupación, no de inocencia, sino de esa ingenuidad que hace que te olvides de todos los miedos por un momento. Perder la cabeza en el puro placer epicureísta que nos remiten hojas verdes y detalles triviales de la naturaleza. Es lo poco que nos queda de nuestro instinto.