viernes, 20 de enero de 2012

El chico del bus.

    Lo vi y pensé: No, nunca. Es feo. Cinco minutos más tarde me encantaba. Me encantaba el cordón que colgaba despreocupado de su sudadera. Me encantaba esa mirada vaga y perdida. Me encantaba el ángulo de inclinación de su rodilla izquierda . Me encantaban sus labios y sus manos.
  Se bajó del bus en El Punto. Si no estuviera escribiendo esto, diría que lo olvidé cuando giró la esquina.

jueves, 19 de enero de 2012

llegué tarde a clase.



No pude negarme a caminar por el cesped mojado, llevaba las botas de lluvia.
 El cesped crujía debajo de la suela de goma. Lloraba. Gemía. Gritaba. No recuerdo la última vez que me había detenido en esa sensación. Despreocupación, no de inocencia, sino de esa ingenuidad que hace que te olvides de todos los miedos por un momento.  Perder la cabeza en el puro placer epicureísta que nos remiten hojas verdes y detalles triviales de la naturaleza. Es lo poco que nos queda de nuestro instinto.