Lo vi y pensé: No, nunca. Es feo. Cinco minutos más tarde me encantaba. Me encantaba el cordón que colgaba despreocupado de su sudadera. Me encantaba esa mirada vaga y perdida. Me encantaba el ángulo de inclinación de su rodilla izquierda . Me encantaban sus labios y sus manos.
Se bajó del bus en El Punto. Si no estuviera escribiendo esto, diría que lo olvidé cuando giró la esquina.